La lluvia de París

¿Era posible perder el avión llegando a la estación anterior a la del aeropuerto, una hora y media antes de la salida del vuelo? Sí, era posible, y lo perdimos.

Salíamos de SIAL camino del Charles de Gaulle, henchidos de gestiones queseras y de satisfacción por nuestras pequeñas grandes conquistas comerciales, cuando… el cielo se entristeció de pronto y yo, que por entonces aún no conocía los cambios de humor del bello París (ahora ante mis ojos un tormentoso enfant terrible de la urbanidad, un gigante vanidoso y melancólico), vi que se generaba a mi alrededor, sin quererlo ni berberlo, un oportunísimo, repentino y amable caos de lluvia y esperas, empujones, aglomeraciones, posterior enlatamiento humano y ulterior pérdida de vuelos. Te ves de pie en el andén mojado, la maleta en la mano y el ceño fruncido, y se te ocurre tararear la bella canción de U2 entre dientes, “dressed up… like a car crash… your wheels are turning, but you’re upside down“. París te ha mandado de vuelta al hotel, chaval, bye bye Vueling y otro día más en la Ciudad de la Luz, éste imprevisto. París nos había condenado (pero algunas condenas se aceptan de buen grado) a cenar con buen vino una noche más.

Y sobre esto quería hablaros. La cena. Nunca antes hubo nada igual. El sitio: Le Crab Marteau, cerca de la Avenue des Ternes. La hora: pronto, pues visto lo visto, ya perdido el vuelo, te propones perder el juicio a base de vino. Te sumerges en lo que parece un barco de dos pisos (crujidos de madera y redecillas con garfios y anzuelos incluidos) para someterte a la justicia de los martillazos de los comensales y al azar de las trayectorias crustáceas de partes amartilladas de cangrejos y gambas. ¿El ruido? Nada que ver con una salida al Tony 2 en Madrid. Esto es otra liga, a martillazo limpio hora y media, que por algo le dan a uno babero, oiga, para que manche a placer y se desahogue.

El marisco delicioso en Le Crab Marteau, y la experiencia divertida. Acompañan panes y mantequilla, ensalada y patatas, y el vino de la casa, delicioso.

La verdad es que no hay mal que por bien no venga: una cena en París en un sitio así bien merece un vuelo perdido.

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